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Sonrisa

Noviembre, 2017.- Este verano, mi hija y yo comenzamos a practicar tenis en un hermoso recinto cercano a nuestra casa. Luego de nuestra práctica habitual, mi hija gusta pasar a entretenerse un rato en el área de juegos.

Aquel día, mientras la observaba, noté a una niña de unos 10 años muy diestra con su cuerpo. No conforme con dominar cuanto juego existiera en el lugar, se empeñaba en ir más lejos, como por ejemplo, caminando sobre los delgados y altos hierros de las estructuras. Ver la confianza que sentía la muchacha en lo que hacía era sobrecogedor y terrorífico, al mismo tiempo. Llegó un momento en que la niña en cuestión decidió tratar algo nuevo; un tanto dudosa, se afirmó con ambas manos de uno de los tantos fierros y se dejó caer. La consecuencia de esto fue que su cuerpo entero golpeó un hierro paralelo, lo que la llevó a caer de espaldas, quedando con una pierna semi-atrapada en una de las estructuras.

Mi primera reacción instintiva fue correr y abrazarla. Miré alrededor, pero nadie vino en su auxilio. La miré y me estaba sonriendo: “Estoy bien”, me decía, con la sonrisa más forzada que hasta ahora había visto. Aquella sonrisa nacía en conflicto con el resto de su cuerpo, el cual temblaba. Noté, también, que casi no respiraba. “¿Puedes mover tu pierna?” pregunté. “Sí”, respondió a la vez que la movía. En ese instante se levantó, sin dejar de mirarme y sonreír. “Debes estar asustada. Esa fue una caída grande”, enfaticé, para que ella supiera que yo estaba enfatizando con su sentir, pero ella no dejaba de sonreír. “Veo que, pese a ello, no hay ningún daño grave en tu cuerpo y me alegro por ti. Ahora vamos a tratar de respirar porque no lo estás haciendo, dado que estás asustada y lo entiendo”, le dije. Ella asintió y entonces la guie en el proceso de recuperar el aliento. Luego de que su cuerpo se relajó y la respiración retornó, la solté. Me preparaba para decirle algo más (que ya no recuerdo), cuando ella, con la misma sonrisa que tuvo desde el principio, me dijo: “Eres muy amable”, y se fue corriendo a jugar de nuevo. Sus palabras, en vez de hacerme sentir bien, me dejaron con un gran peso en el alma, peso tan grande que no pude ni decir “Gracias” o lo que fuera. Más bien la miré, quien sabe con qué cara, porque al voltear se me cayeron las lágrimas.

¿Por qué lloraba? Por todos aquellos llantos que nuestros hijos y nosotros mismos ya no podemos llorar. Estamos tan sumidos en una suerte de remolino de falso positivismo que intentamos forzar a todos a nuestro alrededor a sonreír sin razón y sin causa, y lo estamos logrando pues, por una fracción de esa caída, yo hubiese estado llorando a gritos al igual que mi hija. Por el contrario, esta niña estaba mucho más preocupada de hacerme creer que no pasaba nada y de que ella estaba bien, que de expresar su dolor, su miedo y frustración. Aquella sonrisa, que hasta este momento me acompaña en la memoria, se ha convertido en el símbolo de lo que veo en el mundo moderno; una soledad tan intrínseca, que tiene como una de sus principales causas la imposibilidad de ser nosotros mismos, de demostrar y/o decir lo que realmente sentimos por miedo a ser heridos, por miedo a la vulnerabilidad que esto conlleva, por miedo a que la gente no guste de nosotros, no nos quiera, no nos entienda, etcétera, y es precisamente ese miedo el que nos tiene estancados en un laberinto que no parece tener final, el cual recorremos con una carga mucho más pesada de lo que podemos soportar. Laberinto que recorremos con una sonrisa falsa para poder ocultar lo que en el fondo todos podemos ver, pero nos sentimos forzados a callar. Estamos tristes, tenemos miedo, y son precisamente esa tristeza y ese miedo los que nos están privando de vivir, y la vida no espera ni por nosotros, ni por nuestros hijos.




Jessica Carrasco