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Niagara, Halton, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Julio, 2017.- Un día en la mañana me tocó que hacer frente a una situación tremendamente estresante. Luego, mi hija y yo tuvimos que hacer nuestras actividades regulares de cada jueves, las cuales incluían dirigir una actividad de Arte con un grupo de niños y padres y, posteriormente en la tarde, un programa para mi hija. Finalmente, al regresar a casa, mi esposo nos abrió la puerta; sorpresivamente había llegado más temprano de lo habitual. Al verlo, comencé a llorar mientras le contaba lo que había ocurrido tempranamente. A medida que avanzaba, el llanto se transformó en fuertes sollozos. Mi hija, curiosa, se acercó a preguntar qué pasaba, entonces le expliqué la razón de mi llanto. “Aaahhh, ok”, dijo y se alejó un poco. Yo seguía llorando y hablando hasta que logré sacar toda mi pena. Mi esposo me miraba en silencio, con ese rostro comprensivo y compasivo que siempre lo ha caracterizado en mi corazón. Al terminar de hablar me fui al baño, me lavé la cara y observé por el espejo que mi hija se acercaba. “¿Esto que le contabas a papá ocurrió en la mañana?”, me preguntó curiosa. “Si”, le respondí. “¿Y por qué estabas llorando ahora?”. “Dame un segundo para pensar, hija”, pude articular, mientras su pregunta calaba hondo en mí.

Recordé un día en el que ella, estando en un programa para niños en donde yo la podía mirar por un gran vidrio, se cayó. En ese momento me buscó con su mirada y yo supe que debía ir a su lado. Caminó desde el lugar del accidente hasta donde yo estaba, distancia larga que anduvo en silencio y con ese rostro de quien va a llorar pero lo está conteniendo. Al acercarse a mí, apuró un poco el paso, me abrazó y soltó un fuerte llanto de dolor. Esta experiencia recién descrita no fue algo que yo conociera en mi propia infancia, pues entonces llorar no era un acto bien recibido y, muchas veces, la respuesta era un castigo acompañado de frases como: “Yo te voy a dar una buena razón para llorar”. Bajo esas circunstancias nuestros llantos terminaban brotando en soledad o, lo que es peor, terminaban ahogados dentro de nosotros, dado que para expresar emociones, uno debe sentirse seguro primero y ese no era precisamente mi caso.

Comprendí que la razón por la cual no había llorado durante todo el día era porque no me había sentido segura de hacerlo, pues estaba con personas extrañas con las cuales no podía exponer mi vulnerabilidad a causa del trauma infante de haber sido herida al hacerlo en su momento. “Hija, no lloré durante el día porque necesitaba sentirme a salvo para hacerlo. Es como aquel día cuando, luego de caerte, esperaste llegar a mis brazos para poder llorar. A mí me pasa lo mismo con papá; él me hace sentir segura y jamás me haría daño cuando estoy llorando. Es por eso que esperé hasta legar a él para poder llorar”, la explicación fue más que suficiente para ella, quien mostró inmediatamente en sus ojos que había comprendido el ejemplo que le daba.

Ese día comprendí también cómo muchas veces nuestros niños, aquellos que van a la escuela, muestran un comportamiento irritable al regresar de sus clases. Esto termina siendo algo bueno, pues con ello nos están demostrando que aún se sienten a salvo con nosotros, que han esperado todo el día guardando situaciones y experiencias difíciles dentro de ellos para poder expresar lo que realmente han sentido en nuestros brazos, en nuestro hogar, donde al fin se sienten seguros. Muchas veces los padres nos sentimos frustrados por este comportamiento pues nos parece incomprensible, pero mi invitación es a recordar todos los eventos que vivimos en la escuela, los cuales, en ocasiones, nos hicieron sentir ganas de tener a mamá o papá cerca para poder llorar y no pudimos, y debido a ello, terminamos explosionando como un volcán más tarde al llegar a nuestro hogar, con la única esperanza de ser escuchados, comprendidos y protegidos; como sentí yo aquel día al llegar a casa.


Jessica Carrasco Carrasco

Sentirnos seguros