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Hamilton, Niagara, Halton y Peel en Ontario, Canadá

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Niagara, Halton, Kitchener, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Abril, 2016.- Las carencias de afecto, conexión, atención y comprensión abundan en el mundo moderno  como una pandemia. Comprendiendo que toda carencia nace de una necesidad insatisfecha previamente, lo ocurrido hace algún tiempo atrás en casa me llevó a la más profunda reflexión. Mi esposo y yo estábamos sentados conversando a la hora de la cena, que es cuando él llega del trabajo luego de un largo día fuera de casa, cuando de pronto, en medio de la conversación, algo cayó y golpeó el centro de la mesa. Ambos reaccionamos con mucha sorpresa y buscamos de dónde pudiese venir aquel objeto. Fue entonces cuando vimos a nuestra hija, parada a unos metros de distancia, con ojos grandes y asustados.

Había sido ella quien había lanzado el objeto en medio de los dos. Mirando a mi pasado, inmediatamente imaginé qué es lo que hubiese ocurrido si es que por alguna razón yo hubiese osado hacer esto a mis padres, o en mi caso particular, a mis abuelos, dado que crecí con ellos. Lo primero que se me vino a la mente fue ver a mi abuelo levantarse de la mesa y darme una par de correazos, lo que me hubiese dejado sintiendo sola, desamparada, con un enorme dolor físico y vacío emocional. Esto lo sé porque eso fue lo que recibí muchas veces por acciones mucho menos invasivas de mi parte. Pero lo más importante, me hubiese dejado sin comprender la razón de mi acción y mucho menos enseñado a qué hacer en vez de tirar un objeto a la mesa en medio de una conversación. Tampoco me hubiese ayudado un grito, un castigo o el enojo de mis abuelos. Por eso, cuando observé los ojos grandes y asustados de mi hija, quien, al recibir nuestra mirada sorprendida, corrió a esconderse bajo la mesa, respiré profundo y supe que ella misma no entendía su acción, mucho menos las razones que la llevaron a hacerla.

Sabiendo todo esto, me dirigí a donde ella estaba escondida y le hablé diciendo: “Hija, ¿estás asustada?”. “Si”, respondió ella. “¿Piensas que estamos enojados por lo que ocurrió?”, pregunté. “Si”, respondió. “Estamos un poco sorprendidos, pero no enojados mi amor”, le aclaré. Entonces pude ver su carita asomarse por en medio de una silla. “Creo que te dejamos de lado y te estabas sintiendo sola”, intenté explicarle sus emociones. “Si”, respondió, a la vez que salió de su escondite y me fue a abrazar llorando. La contuve entre mis brazos, diciendo: “Estoy aquí y te amo mi amor. También papá te ama” y así nos quedamos hasta que pude sentir su cuerpecito relajado y su emoción estable.

Luego de eso conversamos. Le expliqué que era normal necesitar la atención de los padres, sobre todo cuando papá llega después de que no lo hemos visto el día entero, que no había nada malo en sentirse frustrado cuando uno no se siente visto ni atendido. También le dije que papá necesita contarme algunas cosas importantes que le han pasado en su día, pero que juntos íbamos a buscar una solución para que esto no volviera a ocurrir. Entonces, entre los tres, pensamos en cómo podíamos satisfacer las necesidades de todos y llegamos a la conclusión de que cuando papá llegase del trabajo le dedicaría unos minutos sólo a ella. Luego, en la cena, él nos contará sus cosas a las dos y que, si por alguna razón la conversación se alarga tanto que ella comience a quedar de lado, ella nos dirá: “me siento sola”, si es que no lo puede resistir y está sensible, o se irá a hacer algunos dibujos si es que todo está bien.

Y desde ese día en adelante, nunca más recibimos objetos voladores, ni hubo conflictos en relación a este tema. Es más, la mayor parte del tiempo ella termina dibujando algo para dejarnos terminar de conversar. Así, comprendemos que este ejercicio la ayudó no sólo a entender sus sentimientos, sino también a canalizarlos de mejor forma y, de paso, estamos contribuyendo a que no sea otro ser carente de conexión, afecto, comprensión y atención en el futuro.



Jessica Carrasco

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