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Agosto, 2017.- Si una abeja asusta a un niño, dada su natural inexperiencia con el mundo que le rodea, la respuesta de su madre debiera ser confortarlo con tranquilidad y explicarle que las abejas no hacen daño a menos que uno las moleste. Esta repetición ayudará al niño a no temerle a las abejas en el futuro.

En este mismo escenario, si la mamá no recibió una respuesta como la anteriormente descrita en su propia infancia, es posible que haya crecido con miedo a las abejas y, por ello, cuando el niño se asuste y vea que su madre se asusta también, con su comportamiento ella le estará diciendo: “Tienes razón en temerle a la abejas. Ellas son peligrosas”. De esta manera, lo más probable es que el niño crezca temiendo a las abejas.

Ahora, si la madre al ver al hijo gritar despavorido por una abeja, se enoja con el pequeño y le maltrata, ya sea física o emocionalmente, por medio golpes, gritos, burlas, castigos, etcétera, entonces el niño crecerá no sólo sintiendo miedo por las abejas, sino también con miedo al miedo que le despiertan las abejas. Por ende, es posible que trabaje duro para no exponerse a las abejas y las termine odiando por causarle un sentimiento (temor) que fue maltratado previamente. Es posible también que, en cuanto tenga la oportunidad, termine matando a cualquier abeja que encuentre a su alrededor para así evitar del todo el contacto con ellas.

El ejemplo anterior se puede aplicar a todos los aspectos de nuestras vidas pues, dependiendo de cómo nuestros sentimientos hayan sido tratados y/o guiados, es cómo respondemos a los diferentes estímulos que nos rodean. Desde este ejemplo también se pueden comprender las fobias, el racismo, misoginia y un sinnúmero de otros comportamientos que no parecen tener sentido cuando los observamos en otros o en nosotros mismos.

Criar no es tarea fácil cuando nuestras emociones no fueron acogidas con compasión y respeto por parte de padres, criadores, profesores, comunidad, etcétera, ya que con nuestros hijos nos vemos expuestos a toda clase de sentimientos a los cuales, muchas veces, les tememos. Es por ello que terminamos por tratar de acallar los sentimientos de nuestros niños también. Un ejemplo de esto es un comportamiento que veo a diario en padres: éstos hacen todo lo posible por detener el llanto de sus hijos, ya sea dándoles en el gusto en lo que sea que pidan o enviándolos a sus piezas, burlándose, gritándoles, castigándoles, etcétera.

Cómo olvidar que durante mi infancia aprendí a ahogar mi llanto de tal forma que, al llegar a la adultez, con orgullo sostenía que yo no lloraba por nada, y era verdad. No obstante, la negación de un sentimiento vital (pena) me tenía atrapada en una tristeza tan profunda e intrínseca que la vida no parecía ya atractiva para mí. Solo al recuperar mi capacidad de llorar fue que pude comprender el llanto de otros, en especial el de mi propia hija, y darle la bienvenida a la tristeza tal como se la doy a cualquier otra emoción (alegría, frustración, tedio, etcétera).

Muchas veces nuestros sentimientos fueron tan maltratados que exponernos a nuestros propios hijos se convierte en un camino cuesta arriba casi imposible de caminar. Así, terminamos evitando el contacto con ellos lo más posible y les planificamos todo tipo de actividades con tal de no tenerlos cerca manifestando todo lo que sienten. Con esto esperamos mantenerlos “felices” todo el tiempo, sin comprender que felicidad y alegría no tienen nada que ver: la alegría es un sentimiento que se manifiesta cuando nos ocurren cosas agradables, tales como: lograr aquello por lo que tanto hemos trabajado, ver germinar las semillas que hemos plantado, ver a alguien amado, etcétera. La felicidad es distinta. La felicidad es un estado, una forma de vida.

En lo personal he dado a la felicidad mi propia definición, la cual vendría a ser la paz que siento al poder expresar todas mis emociones libremente y sin miedo, comprendiendo que ya he crecido y que no hay nada ni nadie que me pueda impedir llorar, reír, gritar, rabiar, o lo que sea que necesite sentir. Esa es la felicidad que añoro mi hija pueda sentir desde el principio de su vida, y es la felicidad que deseo para todos en el mundo.



Jessica Carrasco

Miedo a las abejas