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Mi derecho a llorar 

Noviembre, 2015.- “Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. Dice un viejo refrán, sin embargo, puede ser todo lo contrario.

Los lunes mi hija y yo tenemos un trabajo, repartir flores siempre a las mismas empresas. En una de estas empresas hay una recepcionista que se ha hecho buena amiga de ella. Cada lunes, cuando se ven, se abrazan y conversan de igual a igual, pero la semana pasada nos avisó que estaría ausente, así que cuando volvimos a dejar las flores,  su escritorio estaba vacío, y en su reemplazo nos recibió otra señora. Mi hija fue directamente al espacio en donde su amiga no estaba y su carita se entristeció de golpe.

Cuando la señora la vio con lágrimas en los ojos, le dijo: “No te pongas así, ella también tiene derecho a pasarlo bien. ¿Acaso no quieres que tenga vacaciones?”.

Esto apenó profundamente a mi hija, quien se sentó avergonzada a un sillón mientras cubría su rostro con sus manitos.

La situación me hizo reflexionar sobre cómo nuestra tristeza ha incomodado a todos por generaciones y cómo las herramientas para tratar de detener nuestros llantos se han ido haciendo cada vez más agudas. Por ejemplo, aquello de: “¿no quieres que ella tenga vacaciones?”, decía en realidad: “no tiene sentido que llores y tus lágrimas están mostrando lo egoísta que eres al no estar feliz porque tu amiga está feliz”, despertando en mi hija la culpa y la sensación de que sus sentimientos estaban errados.

Pensaba en cuántas veces nosotros quisimos llorar nuestras penas sobre un golpe que nos dimos, la soledad que a veces sentimos, las ganas de quedarnos en casa al lado de mamá en vez de ir a la escuela, el miedo al profesor, o cualquier otra situación y una voz nos detuvo diciendo frases como “no es para tanto”,  “¡tan llorona que eres!”, “niñita(o) mañosa(o)”,  “los hombres no lloran”, etc., y en algunos casos hasta golpes recibimos mientras nos decían “ahora sí tienes una razón para llorar”.

En fin, meditaba en cómo una emoción tan natural, como cualquier otra, era tan maltratada, humillada, burlada, alienada,  etc. forzándonos a reprimirla, llenando de esta manera el contenedor de nuestras penas con lágrimas ahogadas.

Y así en la adultez seguimos buscando alguien con quien poder llorar y que no nos haga sentir mal al respecto, sólo para encontrarnos con mensajes del tipo “ve el lado positivo de la vida”, “me gustas más cuando sonríes”, “tienes tanto por qué ser feliz”. Todos estos mensajes nos siguen haciendo sentir inapropiados y dejan entrever que la tristeza no es bienvenida. Entonces no nos queda más que llorar y sentirnos solos cuando nadie nos ve. El problema es que a estas alturas ya no sabemos ni por qué lloramos, pues las lágrimas acumuladas son tantas, que se convirtieron en depresión y es ahí donde ni el Chapulín Colorado nos puede ayudar.

Comprendiendo todos los problemas que a futuro implica no dejar a las emociones fluir, sabiendo también, que un día yo misma padecí el dolor de tener un “contenedor” totalmente colapsado de penas antiguas, el cual me tomó años limpiar y considerando también el hecho de que la señora que estaba intimidando a mi hija tenía unos cincuenta años (por lo que la contienda era demasiado desigual), me vi en la necesidad de intervenir, diciendo: “Está bien, mi hija tiene derecho a estar triste si extraña a su amiga”.

La señora me miró un poco sorprendida, y respondió “ok”.

En ése minuto, mi hija vino a mí, la tomé en brazos y salimos de la oficina al pasillo. Una vez afuera, mi hija me abrazó fuerte y lloró. Luego de unos minutos, se soltó de mis brazos y salió corriendo, a la vez que decía “¡yo aprieto el botón del ascensor!”. La pena se había ido, y el contenedor de emociones estaba nuevamente limpio.

Así el viejo dicho se convirtió en “si lloras por haber perdido el sol, luego podrás disfrutar mejor de las estrellas”.

 

Jessica Carrasco