​​ The first Spanish Newspaper for the regions of Hamilton, 

Niagara, Halton, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Enero, 2016.- “Entonces, ¿un bocinazo es más importante que ayudar a una persona?”, me preguntó mi hija, al notar que no me detuve en un semáforo en verde, justo cuando aquella muchacha sin hogar se nos acercaba para pedir ayuda.

Desde que hacemos ese recorrido de vuelta a casa por las tardes, aquella muchacha, de unos 20 años y sonrisa amable, camina alegremente hacia las ventanillas de los vehículos, con un cartel que dice “aquí estoy, de nuevo, tratando de conseguir dinero para seguir”. También, desde que la vimos por primera vez mi hija y yo, cuando el semáforo daba rojo justo antes de cruzar, siempre le había dejado algo; ya sea un poco de dinero, una manzana, unos trozos de pollo, lo que sea que llevara conmigo. Mi hija observaba, a la vez que me hacía preguntas como: “¿quién es ella?, ¿por qué pide dinero?, ¿dónde está su familia? Mis respuestas siempre fueron realistas, “No lo sé hija, pero lo que sea que haya ocurrido con su vida la ha dejado sin hogar y necesitando la ayuda del resto”. 

Mi hija trabaja duro conmigo para ganar un poco de dinero. Más de alguno me ha dicho que es muy pequeña para recibir una paga real, pero yo consideré que si yo había sido capaz de aprender a administrar mi dinero, también ella podría. Sin embargo, al principio todo era “voy a comprar este juguete o este juego”, que luego se convirtió en “voy a comprar esta ropa”, para luego pasar a “no necesito esto ni lo otro, así que voy a juntar para comprar aquello” y finalmente se tradujo a “no voy a comprar esto, ni lo otro ni aquello y voy a juntar mi dinero hasta que lo necesite”. Entonces, hizo de un guante vagabundo una alcancía donde guarda su dinero con esmero y lo mantiene en el auto, por si lo necesita. No sé yo cuánto tiene, pero seguro que más que yo en mi propia alcancía. 

Cuando hoy llegábamos a la esquina del semáforo, en donde mi pequeña sabe que está la muchacha, yo me preparaba para buscar algo en mi bolso para darle y pude ver que ella trataba de sacar algo de su guante. Sin embargo, el semáforo cambió a verde y la muchacha que buscaba ayuda no alcanzó a llegar hasta nosotros. Tuve que partir, al menos eso pensé yo.

Pero entonces me preguntó por qué no me detuve y le expliqué que el semáforo cambió a luz verde, a lo que con voz temblorosa añadió: “pero era sólo un momento” y yo dije que me iban a comenzar a tocar la bocina. “Entonces, ¿un bocinazo es más importante que ayudar a una persona?” me cuestionó, ahora con lágrimas en los ojos.

“No hija, no lo es. Gracias por recordarme lo que es realmente importante”, le respondí mientras me daba la vuelta para repetir el recorrido. Esta vez me detendría, aun si recibía bocinazos. Y así lo hicimos: la luz nos dio verde otra vez, pero la esperamos. Cuando la muchacha llegó a nuestra ventanilla, mi hija me pasó muchas monedas de su guante, no sé cuánto sería. Se las pasé a la muchacha y le dije: “de parte de mi hija”.

“Gracias, ustedes son los rostros más amables de mi día”, respondió.

Fue en ese instante, cuando mi hija había encontrado la forma de ocupar parte de sus ganancias en algo que realmente necesitaba hacer: ayudar a otros; cuando de paso me había recordado que no importa el ritmo del resto; que no importa si se enojan, si nos presionan, si pierden la paciencia, nosotras debemos siempre estar enfocadas en los aspectos realmente importantes de la vida. En ese instante, cuando me di cuenta que la muchacha había encontrado amabilidad y empatía por parte de un ser humano con menos de 7 años, fue justo en ese preciso instante, cuando finalmente mis lágrimas también pudieron brotar.


 

Jessica Carrasco

Lo realmente importante