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La importancia de decir adiós

Noviembre, 2016.- Nuestros vecinos más queridos se mudaron de casa un fin de semana, hace poco tiempo atrás. El día de la mudanza los hijos de nuestros vecinos y mi hija jugaron hasta el cansancio absoluto y hasta pasada las 10 de la noche. Luego de eso, yo sabía que ellos dejarían la casa para no regresar, no obstante, invité a mi hija a irnos a la cama, diciendo: “Todos nos tenemos que ir a dormir ahora”. Cuando mi hija y yo entramos a la casa, nuestros vecinos aun recogían una que otra cosa que les faltaba llevar. Eso fue lo último que vimos.

El día lunes  todo siguió su curso normal; mi hija y yo hicimos las actividades regulares que hacemos todos los lunes. Al regresar por la tarde, de pronto ella vio asomarse a los nuevos vecinos desde la casa donde nuestros queridos amigos vivían. En ese momento  corrió a esconderse tras de mí y, desde aquel instante, su comportamiento cambió. Comenzó a molestarse por todo y a usar un tono agresivo al hablar. “¿Qué habrá ocurrido?”, me pregunté.  Esa noche fue caótica, entre llantos y pesadillas nos quedamos en vela. A la mañana siguiente, ella se durmió por varias horas hasta casi el mediodía. Mientras esto ocurría, yo reflexionaba y trataba de encontrar respuesta a este acertijo.

Tan solo la semana anterior, se había marchado una prima querida, quien nos había venido a visitar desde Chile. El día de su partida, le fuimos a dejar al aeropuerto. Allá, mi hija lloró desconsoladamente en mis brazos al verla partir. Luego nos subimos al auto y, para cuando llegamos a casa, el episodio se había superado por completo. ¿Por qué ahora había sido distinto? ¿Por qué la partida de nuestros vecinos la había afectado de manera tan profunda?

Una memoria antigua y dolorosa vino a mi mente: siendo yo una niña pequeña, mi madre tuvo que marcharse de mi lado para siempre. Pensando que nos hacía un favor (a mi hermano y a mí), ella decidió retirarse a escondidas. Nunca supimos cuándo ni cómo ocurrió y, desde que descubrimos que ella no estaba, comenzaron las pesadillas. En lo personal, perdí  la confianza en mí y en el mundo, pues ahora no sabía quién más desaparecería de un día para otro y jamás volvería. Claro que el evento descrito anteriormente es mucho más traumático que lo ocurrido a mi hija, pero en el fondo reflejaba la misma situación. Cuando mi madre se marchó, yo sabía que lo haría, pues de ello se hablaba en casa, pero el hecho de que se fuera sin decir adiós y sin darme la posibilidad de llorar a gritos por su partida (y ser comprendida por ello) me dejó en un estado de miedo y desolación.

Aun sabiendo que nuestros vecinos se irían en unos minutos, decidí ahorrarle a mi hija la pena de verlos partir y así yo no tendría que lidiar con un llanto desconsolado cerca de la medianoche. Sin embargo, a cambió le regalé a mi hija, sin querer , el miedo de la incertidumbre y el temor de no saber cuándo ni cómo, un día cualquiera, sus seres queridos pueden desaparecer de su vida, sin que ella tenga la maravillosa oportunidad de llorar su partida.

En esos momentos lo comprendí y, cuando ella despertó, le pedí perdón por este acto egoísta, pero inocente, del cual ella había sido principal víctima. Desde ese día en adelante, nos prometimos como familia que jamás nos evitaríamos el dolor de la partida de nada ni nadie, pues llorar por quienes mueren o se van no es solo importante, sino absolutamente necesario para poder vivir el proceso de duelo que nos permite crecer, madurar, aprender y sentir; todos aspectos fundamentales para desarrollar nuestra confianza y para el bienestar de nuestra alma.