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Internet a los 70

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Marzo, 2016.- El pizarrón, la tiza blanca y el borrador de madera fueron los compañeros de aula para nuestros padres, abuelos y tíos quienes nos compraban juguetes que poco o nada tenían que ver con la innovación tecnológica que hoy conocemos. Ellos hacían alarde de la modernidad que representaba la muñeca que lloraba, el carro que tenía luces y mejor aún, el Atari de la época.

Ahora en pleno siglo XXI, ellos ven con nostalgia el siglo XX que se fue y dejó muchos sueños de época consigo y se ven enfrentados a desafíos como internet.

He visto como los chicos -principalmente- se sonrojan, asombran y no ocultan su sorpresa al ver cómo sus “mayores”,  tropiezan con las letras del teclado, son torpes al querer entrar en una aplicación, a los dos minutos de haberles explicado una función la olvidan; en fin, internet se convirtió en el Everest para muchos de nuestros mayores. Entre tanto las nuevas generaciones se siguen riendo de ellos.

Ante lo cual lo único que se me viene a la cabeza es la respuesta que un padre le dio a su hijo al advertir que era presa de su burla.  Le dijo: “Éste que no sabe manejar tu tecnología fue el que te enseñó a coger la cuchara”.

Ella, la bella dama colombiana de pelo tenuemente blanco, a sus 71 años es una de las principales escaladoras de ese “Everest” tecnológico.  Sentada en la sala de su casa en Toronto, tiene una cita diaria con el pequeño “monstruo negro” que ha prometido vencer aprendiéndolo a utilizar. Contestar las llamadas le resulta fácil, pero interactuar con él, abriendo aplicaciones, es todo un reto.

No conoce el lenguaje que se maneja, menos aún entiende los vínculos. Para ella una “pestaña” sigue siendo una decoración del ojo; no obstante asiste a la clase diaria con el pequeño aparato. Para ella sentarse con él, no es una rutina, sino  una cita con la vida, una oportunidad de crecer en un mundo para ella desconocido donde obtendrá el MBA de la lucha diaria.

Ante este reto, ¿quién se siente con la autoridad moral para acabar la ilusión de un adulto mayor por medio de una burla despiadada?, cuando en realidad éste último es ejemplo de perseverancia al enseñarnos que mientras seamos niños queriendo aprender, habrán más motivos para vivir.  Acaso, ¿ellos se burlaron de nosotros porque no sabíamos coger la cuchara?

Todos mis respetos para mi “Bella Hermi” en una sala de Toronto y para todos aquellos “más grandes” que nosotros que sin duda son y seguirán siendo inspiración de vida, aún desde los retos aparentemente más pequeños.



Helen García