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Septiembre, 2016.- Cuando tenemos sed, bebemos agua. Si bebemos menos de lo que necesitamos, pronto tendremos que beber nuevamente. Si no bebemos, estaremos sedientos más tarde. Pero si estamos en el desierto y no hay agua para beber, tendremos que echar mano a herramientas de supervivencia extremas para bloquear la sed y así poder seguir adelante la mayor cantidad de tiempo posible. El desgaste que experimentaremos a todo nivel, bajo estas circunstancias es tal que más tarde lo tendremos que pagar con creces, aunque su recompensa moral será haber sobrevivido a la falta de agua.

Lo mismo ocurre con la independencia: para poder llegar a ser realmente independientes, primero tenemos que ser dependientes en nuestra infancia. Pero si la fuente de dependencia, ya sea padres o cuidadores, no está disponible física y/o emocionalmente para nosotros; ya sea porque también llevan consigo la triste experiencia del abandono físico y/o emocional no superado, y con ello la falta de habilidades para proveernos de compañía y comprensión, o por razones de enfermedad; entonces tendremos que usar herramientas a nivel cerebral para poder bloquear nuestras necesidades y así poder seguir viviendo. Sin embargo, esta necesidad de dependencia insatisfecha se manifestara más tarde con una intensidad mucho mayor, aunque sin la claridad que teníamos de infantes. Es por ello que terminamos, eventualmente, buscando personas, drogas o cosas de las que depender en nuestra adultez y, de no recibir la ayuda o terapia adecuada para poder lidiar con el duelo de no haber recibido lo que necesitábamos para vivir una vida saludable, terminamos sumidos en la más absoluta desolación.

Comprendiendo este principio, fue que no hice caso a quienes me decían: “no tomes tanto a ese bebé en brazos, que la vas a malacostumbrar”. Dentro de mi pensaba: “bueno, si este bebé me estira los brazos es porque me necesita”. Y aunque cargué a mi hija casi 24/7 por los primeros 8 meses de vida (sobre todo los 5 primeros), un día ella comenzó a gatear, luego a caminar y poco interés volvió a mostrar en estar ya más en mis brazos.

Hubo muchos que también me dijeron: “deja de darle pecho, o si no nunca lo va a soltar”. Sin embargo, luego de años de amamantarla, y cuando hasta yo pensaba que jamás se iba a destetar, de un día para otro me pidió que le leyera un libro en vez de amamantarla para dormir, y de ahí en adelante nunca más volvió a mi pecho.

Ni hablar de cuántas veces personas me dijeron: “no duermas con ella que no la vas a poder sacar jamás de la cama”, y me recomendaban libros y libros con técnicas “infalibles” para hacer dormir a los hijos en piezas separadas; libros que jamás leí, pero que imagino de qué trataban.

Finalmente, luego de 7 años y medio durmiendo juntos, anoche nos dijo: “mami y papi, hoy quiero dormir en mi habitación”. Aunque fue difícil dejarla partir, porque a decir verdad soy yo la que llegó a esta relación madre e hija con sus necesidades de infante insatisfecha (aunque, afortunadamente, muy consciente de ello), le dimos todo nuestro apoyo. Leyó primero un libro con sus papá, luego otro conmigo. Me pidió que la guiara un poco en nuestra técnica de relajación (que consiste en respirar profundo por un número de veces y luego escanear el cuerpo, sintiendo cada una de nuestras partes). Antes de terminar, ella ya se había dormido.

La volvimos a ver a la mañana siguiente, con una gran sonrisa de triunfo, diciendo: “lo hice”. “Lo hiciste”, respondimos, con la alegría de ver cómo su necesidad de dependencia ha sido satisfecha de tal forma que la seguridad que siente en cada paso que da es clara y certera, y con la nostalgia de saber que no sentiríamos su tierno cuerpecito durmiendo a nuestro lado de nuevo, que todo lo que hace son pasos previos a la independencia total que experimentará más tarde en su vida, independencia para la cual, sin querer, también nos está preparando.


Jessica Carrasco Carrasco

Independencia

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