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Noviembre, 2017.- La niñez es la etapa más alabada de la vida que se ubica en el punto máximo de respeto de la  condición humana. Es el derecho de todos a ser feliz donde se niega al dolor -en sus diferentes expresiones- que entre a manchar la sublime vestidura de la inocencia. Pero contrario a esto, las enfermedades no guardan principios y buscan anular la sonrisa de los niños irrumpiendo en sus vidas a través de uno de los  monstruos más temidos, el cáncer.

Esta palabra que transmite horror a los oídos y al alma, se pasea cual errante en busca de un lugar donde albergar todo su veneno y aunque no lo queramos, también escoge estos pequeños cuerpos como su hogar. 

Así llega a la vida de estos niños, aún desde antes de nacer. Diagnósticados y etiquetados con palabras como leucemia, tumores, linfomas y otro sinnúmero de nombres, ellos acompañan el transcurrir diario de consultorios médicos donde muchos infantes no alcanzan la altura de las sillas. Sin entenderlo, los juguetes tradicionales son cambiados por finas agujas que no saben por qué entran a sus cuerpos trayéndoles algo llamado medicinas.

No es fácil ver pequeños cuerpecitos que se entremezclan con los adultos en hospitales especialistas en el tema. Pero allí están. Pareciera que no hubiese nada que cambiara las miradas de desconsuelo de sus padres. Así transcurren los días, las jornadas de juegos son cambiadas por largas esperas para las cuales ellos crean mundos imaginarios de felicidad. Esa es la diferencia más notoria entre los adultos y los pequeños que padecen esa enfermedad. Ellos crean un mundo de felicidad más allá de la misma.

 

Un día sin igual

Y el día llegó. Aunque en el mundo existen muchas fechas para recordar los diferentes tipos de cáncer; el pasado 20 de octubre, por petición de los propios pequeños, se celebró una jornada del cáncer infantil en varios hospitales de Colombia, siendo el epicentro el Instituto Nacional de Canceriología, el cual cuenta con los mayores adelantos y brinda atención a los niños de escasos recursos de la capital colombiana.

Más de 200 niños incluyendo sus padres y familiares hacían filas para recibir las atenciones y regalos del personal clínico que se disfrazó también. Lo que más sorprendió es que era difícil identificar los niños enfermos de los sanos, porque su sonrisa era igual. Y los gorros que normalmente utilizan para tapar su calvicie fueron utilizados para sus disfraces de bailarines, policías, batman y todo lo que aspiran ser cuando grandes. Ellos decidieron vivirlo desde ahora y lo hicieron conscientemente, no fue coincidencia el disfraz que utilizaron en esta fecha especial.

Al entrevistar a los padres todos coincidían en los que los pequeños solo hablan de vida. No  preguntan si van a mejorar, ellos lo dan por cierto. En las consultas médicas, dicen los doctores que siempre están hablando de un futuro inmediato donde van a poder hacer todo lo que sueñan, ni siquiera avizoran un futuro a largo plazo. ¡Vaya fe!  Difícilmente eso ocurre en las consultas de los adultos mayores. El temor es el vestido más utilizado.

Tal vez el niño vestido de astronauta no se pregunta por qué no está su nave espacial si para eso se vistió. Él sabe que un día llegará y por eso además de recibir tratamiento en el hospital, estudia en el colegio que se inauguró allí mismo. Avanza para culminar su bachillerato y un día será lo que imagina. Ya está dando los pasos cuyas huellitas hoy nos enseña a los adultos. Es claro que aunque sea difícil la enfermedad de “seis letras” y otras,  éstas no han logrado exterminar la fe que viene en el ADN humano y que es tan clara para estos pequeños que hoy nos dan grandes lecciones.



Helen García

 

Huellitas que enseñan