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Hamilton, Niagara, Halton y Peel en Ontario, Canadá

 The first Spanish Newspaper for the regions of Hamilton, 

Niagara, Halton, Kitchener, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Octubre, 2016.- Habíamos tenido una buena noche. La mañana parecía transcurrir tranquilamente, pero de pronto todo comenzó a molestarme desproporcionadamente; cada palabra y cada acto de mi hija y esposo parecían alimentar una hoguera dentro de mí. Mi mente había caído en los extremos del caos y la rigidez de los cuales había salido hacía ya mucho tiempo atrás. Sentir la pérdida del control me sumergió en una extraña desolación, sobre todo porque no había una razón aparente. “Dame 5 minutos a solas y hazte cargo da la niña”, le pedí a mi esposo, quien para ese momento ya había notado mi malestar.

Subí al dormitorio y comencé a dibujar líneas suaves que poco a poco se hicieron pesadas y duras… Dibujar no me estaba devolviendo la calma. Fui al baño y me mojé la cara con agua fría a la vez que me decía a mí misma: “Tranquila, nadie te va a dañar. No te sientes bien y debes buscar la causa, pero recuerda que esa causa no es tu hija ni tu esposo ni nadie más”. Pese a mis esfuerzos, la calma no regresaba; el corazón saltaba y la mente estaba nublada. Me senté a orillas de la tina y tome un lápiz y un cuaderno, en donde escribí:

 

 “No sé dónde estoy

y no sé dónde ir,

estoy en medio de mil caminos

jamás trazados frente a mí.

Inmersa en la nebulosa

de mi propia imaginación,

atrapada en la esfera enferma

de mi propio yo...

 

 El alma rota en mil pedazos,

Implorando ser unida otra vez

y yo, lenta, atolondrada y abrumada

sólo logro infligirle una nueva puñalada

en el centro malherido de su ser.

 

La confusión en la que mi mente resbala,

cada vez que la bala inexistente como espada

atraviesa carne hueso y pared,

y lo que importa pierde importancia

cuando atormentada me entrego rendida

a mi propio caos, otra vez...”

 

Luego de que las palabras salieron para darle luz a mi oscuridad, recién pude retornar a mis quehaceres. Mi mente estaba un poco más calma, pero aún sentía la tormenta vertiginosa del caos dando vueltas. El día siguió tranquilo por fuera, aunque por dentro me inundaba una triste desolación que ostentaba la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo. No tenía explicación, y todos sabemos que no hay miedo más tremendo que el de no saber qué ocurre y por qué.

Cuando puse a mi hija a dormir aquella noche, una luz me golpeó como el sol a mi corazón: dos días atrás había agregado a mi alimentación algo nuevo que, evidentemente, estaba siendo gatillante de un profundo estrés interno. ¿Cómo sé esto? Luego de que mi hija naciera con un sistema inmunológico completamente debilitado (se enfermaba de todo una vez cada mes, al menos), que su estado de ánimo estuviese siempre deplorado, mas sus tremendas noches de dolor sin dormir, me habían llevado a una exhaustiva investigación para mejorar su salud y calidad de vida. Esta investigación de años me llevaría a descubrir que padecía de la enfermedad celiaca (intolerancia al gluten) más intolerancia a los lácteos y a la  fructosa. Dado que la amamantaba, tuve que hacer estos cambios en mi dieta también, sólo para llevarme la sorpresa de que mi salud física y mental florecieran conjuntamente con la de ella. Había vivido casi 40 años sin saber que era totalmente intolerante a ciertos alimentos y que, al no comerlos, el estrés interno que estos me causaban junto al debilitamiento de mi propio sistema inmunológico, simplemente desaparecieron.


Los doctores no fueron aliados en este camino. Por ello, me tomó más de 3 años de la vida de mi hija descubrir este problema. Una vez descubierto, solo tuve que ir a un doctor cualquiera, plantearle la situación y solicitar los exámenes que vinieron a confirmar todas mis sospechas.

Mi esposo fue el último en sumarse a estos cambios. Cambios que, una vez hechos, nos regalaron una vida nueva como familia. Vida que pareció verse profundamente afectada ayer por un error personal. Error que, más bien, fue un recordatorio de que con la salud y la comida no se juega, pues el precio que se paga es siempre demasiado alto, al menos para mi gusto.



Jessica Carrasco

Estrés oculto