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Niagara, Halton, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Junio, 2017.- Mientras observaba y me mantenía conectada al grupo de niños con el cual trabajo en el programa de aprendizaje natural, pude notar a un niño en particular (a quien  llamaré Juan) quien no quería sumarse al grupo a jugar. Este niño acompañaba a otro (a quien llamaré Pedro) cuya madre estaba en el lugar, madre a quien la ansiedad le aumentaba a medida que el tiempo pasaba, mientras Juan impedía que Pedro se uniera al grupo también, sobre todo porque esta era la segunda vez que venían y la vez anterior lo mismo había ocurrido.

Yo me mantenía al margen de la situación esperando la oportunidad de poder participar y ayudar en la dinámica que se estaba dando, en la cual la madre de Pedro trabajaba duro en desconectar a los dos amigos para que su hijo pudiese jugar con los demás; sin embargo Juan no cedía e insistía en alejar a Pedro del resto de los niños.

Llegó un momento en que la madre de Pedro alcanzó el límite de su frustración, y tomó de la mano a su hijo obligándolo a separarse de Juan, mientras invitaba duramente a Juan a irse a jugar solo a otro lugar si es que no quería participar. Juan desolado, se fue caminando lejos hasta llegar a un tronco de árbol tumbado, en el que se sentó a mirar como Pedro era forzado a jugar.

Yo les observaba, a la vez que buscaba dentro de mí las razones que pudiesen estar llevando a Juan a actuar de la forma en que lo hacía, ciertamente comprendía que algo le impedía poder comenzar a interactuar con los otros niños, quienes a esas alturas, ya habían formado un grupo de confianza, comprendía que no era que Juan no quisiese jugar, sino que algo se lo impedía.

En ese momento recordé aquellos años de escuela, cuando siendo yo una niña profundamente  sensible, cada día me enfrentaba al desafío de superar mi miedo a acercarme a otros niños de mi edad. Durante ese tiempo me sentía desprotegida y agobiada por la idea del rechazo, y hubiese dado todo porque alguien tomara mi mano y me dijera que todo iba a estar bien, que nadie me iba a dañar, que nadie se iba a burlar de mi… Mientras reflexionaba en mi propia infancia, Juan comenzó a acercarse al sitio donde el resto de nosotros estábamos. Escondido detrás de un árbol miraba con curiosidad a los demás.  Poco a poco me acerqué, y al llegar a él me agaché para que mi altura no le intimidara, y le hablé.

Yo: Juan, he notado que se te hace difícil querer estar cerca de los demás.
Juan: asintió
Yo: Me da la impresión de que puedes tener un poco de miedo.
Juan: Asintió.
Yo: ¿Has jugado ese juego antes?
Juan: Si, en la escuela.
Yo: Y tal vez alguna vez alguien te hizo sentir mal y ahora temes que pueda ocurrir otra vez.
Juan: Si, eso es.
Yo: ¿Te haría sentir más seguro si alguien toma tu mano y te acompaña mientras juegas?
Juan: Si.

En ese momento la madre de Pedro se acercó y preguntó “¿vas a jugar ahora?”, “si” respondió Juan, ella le tomó espontáneamente la mano, a la vez que Juan me miró como preguntando “¿vienes?”. Yo les seguí y me mantuve cerca de él, hasta que de un momento a otro ya no sostenía la mano de la madre de Pedro, ni estaba interesado en que yo le siguiera, pues se había incorporado a jugar con el grupo de tal forma, que nada lo detuvo por el resto de la tarde.

Para cuando nuestra sesión terminó, tomó su mochila y se despidió de todo diciendo “no puedo esperar al próximo miércoles”.

Ese día, como todos los días en los que he tenido la maravillosa oportunidad de estar en contacto con niños, me vine a casa con el corazón lleno de la inexplicable alegría de sentir que has hecho algo importante, que por un momento has podido aportar algo positivo en la vida de un ser que crecerá y recordará todo lo vivido, así como yo no he olvidado mis días de infancia.

Jessica Carrasco Carrasco

Empatía