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El inolvidable lenguaje de las madres

Mayo, 2016.-  Dicen que el amor es el predominante lenguaje que fluye de manera innata y abundante en las mujeres que inician la hermosa etapa de ser mamás. Pero hay otro lenguaje audible y gestual que también las caracteriza y que las hace únicas e irremplazables. En este mes de las madres queremos traer algunas de las frases más comunes que nuestras maravillosas madres latinas nos dijeron o que aún nos dicen para que recordemos, y que no se nos olvide que “madre no hay sino una”.

Acá vamos con una pequeña lista

Ayudándonos a ser consciente de lo que puede pasar:  
“Un día de estos se levantan y no me van a encontrar… ¡A ver qué hacen!” 

 
Para mostrar su molestia por nuestros pequeños descansos:
Claro, como aquí tienen a la 'sirvienta' que les hace todo!” 

 
Trabajando en la psicología del remordimiento:
“¡Todo lo que me he sacrificado por ustedes y miren cómo le pagan a uno!”

 

Para hacernos entender quién manda:
“¡Usted no se manda solo, cuando trabaje y se mantenga, hablamos!” o “¡Mientras usted viva en esta casa se hace lo que yo diga!”

 
Recordándonos nuestra madurez:
 “Yo ya le enseñé lo bueno y lo malo, ¡usted verá!”.

 
Para demostrarnos su apoyo en nuestra relación:
“No se le olvide que primero fue mamá que novia”. 

 
Para recordarnos que hay reglas en casa:
“¿Usted qué cree, que esto es un hotel?”

 
Dramatizando su sacrificio:
“No le habremos dado lujo ni riqueza, pero les dejamos estudio”.

 
Cuando está enferma el drama fluye por sus venas:
¡Me puedo estar muriendo y ustedes no le pasan a uno ni un vaso de agua!” 

 
Advirtiendo que es tiempo de aseo:
“Ese cuarto suyo parece un chiquero, no tiene arrimadero”. 

 
Averiguando nuestra posición frente a su futuro:
“El día que me convierta en un estorbo y en una carga para ustedes van y me tiran a un asilo”.

 
Negociando el permiso para salir:
“¿Y a qué hora se va a dignar llegar la dama?” 

 
Cuando se da cuenta que no tiene argumentos:
“Porque yo soy su mamá ¡y punto!” 

 
Recordando que siempre podemos contar con ella:
“¿Qué cree que estoy pintada o qué?” 
 

Para reforzar el status quo en la casa:
“¿Me está avisando o me está pidiendo permiso?”

 
Para hacernos entender que cuando un va, ella ya viene:
“¿Usted cree que yo nací ayer verdad?”
 

Dando lecciones de buenos modales:
“¡No me voltee los ojos que lo surto!”

 
Enseñando lo que es planificación familiar:
“Mijo, no vaya a echar a perder su vida por una calentura”.

 
Para recordarnos el valor de las matemáticas:
“Voy a contar hasta tres…”

 
Demostrando que no sabemos buscar bien las cosas:
¿Si voy y lo encuentro qué hacemos?”

 
Para aprender a valorar el silencio:
“¡Cuidadito me responde!”

 
Confirmando que ella Sí puede ver el futuro:
“Me lo va a agradecer cuando sea grande”.

 
Razonando acerca de nuestra inutilidad:
¿Qué va a ser de usted el día que yo falte? ¡No sabe ni freír un huevo!”

 
Para que nunca olvidemos esos pequeños detalles:
“¿Y mi beso?”

 
Haciéndonos ejercitar nuestra memoria:
“¿Cuándo le di permiso?”

 
Para poner las cosas en perspectiva:
No sabe ni lavar calzones y ya quiere andar de novio”.

 
Promoviendo la ley del mínimo esfuerzo:
Si corre le va a ir peor…”

 
Consolándonos después de algún malentendido:
¿Eso sí, quién le manda a no hacer caso?”

 
Instruyéndonos acerca del valor simbólico de los objetos:
¿Me va a hacer ir a buscar la chancla?”

 
Cuando reflexiona acerca de tus actos
“Dios que hice para merecer esto”.

 
Desarrollando el arte de la ambivalencia:
“¡Cerrá la boca y comé”! “¡Calláte y contestáme!” o “¡Salí, vení para acá!”.

 
Por último, recordándonos el santo para finalizar la conversación:
San seacabó!”.



Carmen Nidia Guevara