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Hamilton, Niagara, Halton y Peel en Ontario, Canadá

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Niagara, Halton, Kitchener, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Deshaciendo las costuras

Febrero, 2016.- La confección ha sido por décadas una de las principales industrias de la frontera Colombo-Venezolana.  La ciudad de Ureña ubicada en el estado de Táchira, en Venezuela, ha aglutinado a familias que por generaciones han entregado su ingenio y su paciencia a millones de piernas en el mundo que lucen sus jeans.  Pero hoy por el cierre de la frontera entre ambos países, los hilos se quedaron sin dedal y las telas sin manos que las cosan.

Sin embargo, aún en sus mejores épocas financieras, estas y otras ciudades fronterizas se debatían entre lo legal del comercio y el contrabando que con promesas de mayores ventajas económicas iban minando una industria creada por venezolanos y colombianos que habitan en esa región.

Y es que la copia exacta de las marcas más reconocidas “eran mejor que las originales”, señala Jazmín Becerra quien, sentada en un banco de la frontera desolada, recuerda para Historias Latinoamericanas, los grandes camiones que ella traía para distribuir a países suramericanos, pero esto era a precio de sudor, porque su mercancía, aunque le dejaba muchas ganancias, era ilegal.

“Se sacaba una producción a 40 grados centígrados que hacía hervir la sangre. Pero no era solo por la inclemencia del clima, sino por las miles de personas que llegaban a las fábricas a pelearse un turno que terminaba con el bodegaje final que se iría en la madrugada esquivando los controles de seguridad de ambos países. Dinero y tiros era la constante del día”, señala con cierta nostalgia Jazmín.

Hoy todo eso quedó atrás, de aquel corredor de gente y jeans sólo quedan asientos tirados en el suelo, polvo que se entremezcla con un denso aire donde pareciera que la esperanza también recogió sus maletas y dijo adiós.  Pero Jazmín me corrige en este momento, y me dice que la lección de vida que le queda a ella y a miles de contrabandistas es mayor.

“Hoy ya no vivo con lo que yo llamaba la doble felicidad, la que me proporcionaba el dinero y la que yo misma creía darme porque me autocalificaba como una verraca al ver que saqué millones de bolívares y de pesos en aquel entonces. Soy consciente de que aunque me quedé sin un trabajo lucrativo, ya no estoy desangrando a los dos países porque eso era lo que hacíamos los contrabandistas. Ya no me acompaña el sudor de la clandestinidad”, asegura arrepentida.

Hoy ella trabaja con una pequeña tienda que ubicó en la sala de su casa y es feliz de saber que nadie la va “sapear” como dice ella, a las autoridades. Sabe que no le debe nada ni a Dios ni a la ley.  El cierre de la frontera que tanto daño ha causado a muchos y que ya completa 8 meses, a ella le regaló una lección que canalizó su vida.


Helen García