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Niagara, Halton, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Febrero, 2017.- “Odio a Pedro”, gritó Rosita, de unos 5 años, luego de que Pedro, de unos 7 años, se sentara en la silla en la que ella también quería sentarse a la hora en que todos los amigos del grupo de Aprendizaje Natural (para el cual yo trabajo como facilitadora) se reúnen para conversar de las actividades del día.

¿Qué tenía de especial la silla? Que estaba justo al centro, y ambos querían estar en el centro en ese momento, pero Pedro llegó primero. La rabia y frustración de Rosita la llevaron a ir a buscar un escobillón para golpear a Pedro, así que me coloqué físicamente en medio de los dos, para impedir el ataque. Mientras lo hacía, le decía a Rosita: “Entiendo que estas muy enfadada porque quieres esa silla, pero no dejaré que golpees a tu amigo”. Ella, al ver que no podría llevar a cabo su no premeditado plan, se fue ofuscada hacia una suerte de refugio que tenemos en aquel lugar. Una vez allí, le pregunte si quería dibujar o pintar sus sentimientos, a lo que accedió. Puse unas hojas de papel en un pequeño piso de madera y algunas pinturas; ella las tomó comenzando a pintar fuerte y con tanta rabia que terminó rompiendo el papel, pero eso no la detuvo de seguir pintando. Yo me quedé a su lado sabiendo que la niña necesitaba desahogarse y que ella misma no sabía cómo.

Reflexionaba en la situación, cuando Rosita me dijo: “¿Puedes escribir: te odio Pedro, debajo de la pintura?”, “Claro”, le respondí. Sin embargo antes de escribir la frase que ella me había pedido, le sugerí lo siguiente: “Rosita, ¿realmente odias a Pedro o estas profundamente triste porque querías sentarte al medio de tus amigos y no pudiste, dado que Pedro llegó primero?”. “Si, eso es lo que es”, me respondió. “¿Puedes escribirlo?”, agregó. “Claro que sí”, le respondí y así lo hice. Luego de que yo terminara de escribir, Rosita me dijo “¿Puedes escribir otra cosas allá abajo? ¿Puedes escribir: Pedro, pensé que te odiaría para siempre, pero ya no lo siento así?”, y lo hice; escribí palabra a palabra lo que Rosita me dictó. Una vez que ella terminó la pintura, la tomó y salió corriendo en busca de Pedro. El niño, al verla, comenzó a correr pensando que Rosita le trataría de golpear nuevamente, pero le llamé y le dije que Rosita ya no estaba enfadada y había hecho una pintura para él. Pedro se acercó precavido a ver la obra. “¿Quieres que te lea lo que ella te quiere decir?”, pregunté. Pedro asintió. Una vez leídas las frases, ambos niños se miraron; Rosita con una sonrisa en la cara y Pedro con alivio y agradecimiento. “Gracias Rosita”, dijo Pedro. “De nada”, dijo Rosita y el día siguió sin mayores inconvenientes.

Durante nuestro crecimiento estamos llenos de emociones que, dada nuestra falta de experiencia y desarrollo cerebral, no podemos reconocer ni identificar. Las emociones fuertes de un niño necesitan de un adulto regulado y seguro, para poder ser canalizadas apropiadamente. No podemos permitir que nuestros niños dañen a otros con sus emociones, pero no podemos castigarles ni hacerles sentir mal por ellas tampoco. La respuesta, como en todo orden de cosas, está justo en el medio. La respuesta radica en que nosotros, los adultos, sepamos identificar y canalizar nuestras propias emociones, para así poder guiar a nuestros hijos en el duro y largo camino de reconocer y canalizar adecuadamente las propias. No es fácil, lo sé, porque la mayoría de nosotros no contó con un adulto maduro y regulado que nos guiara en el proceso de aprendizaje. En ese entonces, cuando comenzamos a experimentar nuestras emociones en la infancia, lo que generalmente recibíamos de vuelta eran castigos; por ende, llegamos a la adultez reprimiendo nuestras emociones o desahogándolas de manera inapropiada, generalmente con rabia y o frustración, como al principio lo hizo Rosita. Pero aunque no hayamos podido aprender a comprendernos, aun en la adultez podemos ejercitar nuevos hábitos que nos auxilien, para así poder ayudar también a nuestros hijos.

El autor Daniel Sieguel ofrece en sus libros un sinnúmero de ejercicios prácticos que podemos usar para este propósito.



 Jessica Carrasco Carrasco

Aprendiendo a canalizar sentimientos