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Aprende a respirar

Diciembre, 2015.- "Y yo sólo quiero aprender a respirar”…  Así decía una canción de un conocido autor chileno de los 80. A mí me parecía gracioso pensar que una persona debía aprender a respirar cuando éste era una acto espontáneo en el que todos los seres vivos incurrían desde el momento de nacer; hasta que un día, estando en la sala de partos previo al nacimiento de mi hija (aún sin dolores) la matrona me tuvo que recordar varias veces que debía respirar, pues yo comenzaba a contener mi respiración o a respirar agitadamente sin razón aparente. Antes de esa experiencia en el hospital, nadie había hecho alusión a mi forma de respirar, así que, casi sin querer, comencé a ponerle atención, y tal como se me habían dicho, sin darme cuenta, en ocasiones me atrapaba "respirando mal".

Me tomó años de práctica aprender a respirar bien, pero más tiempo me tomó averiguar el porqué de este mal aprendizaje. Pues, tuve que hacer un viaje sin boletos a mi infancia y descubrir que cada vez que había experimentado alguna situación traumática en la que me había sentido insegura y desprotegida, a ésta le había sobre seguido el miedo y por consecuencia el ESTRÉS; estrés que a mis cortos años no estaba preparada para enfrentar. Estas situaciones fluctuaban entre hacer frente a lo desconocido sin la compañía de un adulto que me hiciera sentir segura; como por ejemplo comenzar a ir al colegio o permanecer en un hospital, el miedo a la mala nota, al castigo, a no ser aceptada, al grito, al golpe, a perder el amor de mamá o papá, etc.

En la adultez hay muchas situaciones que se asemejan a las vividas en la infancia, como lo fue para mí, por ejemplo, el estar en un hospital e inconscientemente recordar un trauma pasado; sin embargo, hay situaciones que no parecen recordarnos nada, pero que a pesar de ello son gatillantes de terrores antiguos que nos dejan sin aliento. En casos más severos, cuando hubo abuso infantil permanente, el hábito de respirar puede haberse desarrollado mal en todo momento.

Estrés es lo que experimenta todo ser vivo cuando está siendo atacado por un predador, es decir, el cuerpo se concentra en enviar oxígeno a los músculos y a disminuir las capacidades cognitivas para así prepararnos con el fin de correr o pelear. Por esta razón, cuando estamos bajo estrés no respiramos profundo y la falta de oxígeno en el cerebro nos lleva a responder de manera desproporcionada a situaciones cotidianas.

La crianza, por ejemplo, es un proceso que nos puede llegar a causar mucho estrés ya que queremos dar lo mejor de nosotros. Amamos profundamente a nuestros hijos, sin embargo, la mayoría de las veces no sabemos cuándo ni cómo poner límites.

El ser humano antiguo criaba en grupos y los adultos más experimentados constituían un vivo ejemplo para las madres más jóvenes, sobre todo las primerizas. Hoy en día nos quedamos criando solos y nos sentimos tan inseguros y desprotegidos como cuando éramos niños; por ende, la crianza puede ser un gatillante de profundo estrés, estrés que no es bienvenido dado que nuestros hijos no son predadores que nos quieren atacar, sin embargo, y sin querer, muchas veces terminamos conteniendo la respiración y respondiendo a sus demandas con abuso físico y/o emocional.

En lo personal he desarrollado algunas estrategias para poder mantener mi cerebro oxigenado. Por ejemplo, trato de mantenerme alerta de cómo estoy respirando y cuando siento que mi respiración se está agitando sin que haya un predador siguiéndome, me tomo un descanso, voy al baño y respiro profundo hasta recuperar el aliento. Luego me digo a mí misma: “todo está bien, nada malo va a ocurrir, sólo respira”, entonces tomo mucha agua, pues el agua, que es H2O, es una poderosa fuente de oxígeno. También salgo a caminar por un rato, si es posible, o me ocupo en mantener la casa siempre ventilada. Y así, cuando mi pequeña hija pide a gritos que la atienda, yo puedo responder como es preciso hacerlo; con paciencia, respeto, amor y empatía, y no reaccionar como si ella fuera un león que está a punto de comerme.


Jessica Carrasco