Más de diez años informando, uniendo y sirviendo a la comunidad hispana de las regiones de

Hamilton, Niagara, Halton y Peel en Ontario, Canadá

 The first Spanish Newspaper for the regions of Hamilton, 

Niagara, Halton, Kitchener, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Julio, 2016 .- No podría enumerar la cantidad de veces en que personas le han dicho a mi hija que es tímida o vergonzosa y, a cada una de ellas, siempre respondí: “No, ella no es tímida. Ella necesita tiempo para sentirse cómoda”. Sin embargo, esta “descripción” hacia ella parece nunca terminar, porque frente a desconocidos o situaciones nuevas, mi hija observa detenidamente antes de interactuar, y su aguda observación se convierte en nerviosismo si alguien, a quien ella no conoce, la quiere abrazar, besar o le hace bromas.

Debo reconocer que, al principio, me incomodaba un poco la situación, porque parecía un acto de mala educación por parte de mi hija hacia el resto y notaba la tensión que se generaba. Pero poco a poco fui comprendiendo que yo sentía lo mismo frente a personas y situaciones nuevas, sólo que ni yo ni las personas que me habían criado lo habíamos notado; yo siempre parecí muy extrovertida.

Lo que nadie sabía era que la procesión la llevaba por dentro, es decir, me guardaba las ansias para complacer a otros, sobre todo a aquellos adultos que se molestaban si es que uno no les quería abrazar o besar, o a aquellos que nos infligían culpas con frase del tipo: “¡Ay, me voy a poner a llorar!” “¿Entonces, no me quieres?” “No te voy dar un regalito que te tenía…”, y cosas por el estilo.

Lo que me dejó con la boca abierta fue cierta información que, casi por accidente, llegó a mis manos. Esta información tenía una explicación que mi alma siempre había estado buscando, es decir, contenía la razón por la que algunos niños se esconden tras las faldas de su madre frente a situaciones nuevas, y otros saltan a ellas sin mayor preocupación o cuestionamiento.

La autora Elaine Aron menciona como el 20 % de los individuos de cada especie nace con un alto nivel de sensibilidad a su medioambiente, lo que se traduce a una necesidad espontánea de analizar, observar, oler, sentir, oír, etc., todo lo que les rodea, antes de decidir que no hay peligro y que, por ende, pueden entrar a tal situación sin temor. 

La razón, de esta natural selección, se debe a que siempre debe haber un grupo de individuos más cautelosos que otros para poder preservar la especie. Debido a ello, estos individuos, altamente perceptivos del peligro, se mantienen siempre alerta a éste para protección de la manada (o grupo de una misma especie). Así también tenemos que el 80 % de individuos tiene una sensibilidad menor, lo que les permite explorar el entorno en que se mueven. Esto les ayuda a encontrar nuevas oportunidades o instancias, con el fin de conseguir alimentos para su grupo. Sin el 20 % de individuos altamente sensibles,  el grupo podría perecer por ataques inesperados, y sin el 80% de individuos menos sensibles, el grupo podría perecer de inanición, por lo que ambos tipos son fundamentales para el éxito de una especie.

Lo interesante, cuando aplicamos esta información a la realidad humana moderna, es darnos cuenta que, debido al 80% de individuos menos sensible, aquel 20% que lo es llega a ser visto como extraño, mal educado, tímido o desagradecido, por lo que terminamos forzándoles a ser alguien que no es. Si llevamos esta situación a la escuela, podemos observar cómo el problema se agudiza, dado que todos los niños son evaluados de la misma forma y hasta se les califica por su comportamiento y desenvolvimiento. Por ejemplo: un niño menos sensible no tendrá mayor problema al momento de hacer una presentación grupal, pero para un niño sensible esto es, literalmente, una tortura, no sólo porque no está en su naturaleza, sino porque, en su sensibilidad, necesita mantener su conexión con un grupo pequeño, dado que puede leer las emociones de otros. Por esta razón, frente a un gran grupo, terminará completamente sobre estimulado y exhausto. Sin embargo, en el actual sistema educativo, de ambos tipos de individuos se espera lo mismo.

Toda esta información me llevó a corroborar, nuevamente, algo que en el fondo ya sabía: no todos somos ni necesitamos ser iguales, porque son justamente esas diferencias las que nos hacen valiosos e indispensables para nuestra especie; diferencias que siempre debemos reconocer y respetar, en nosotros y nuestros hijos.


Jessica Carrasco Carrasco

                

20% más sensibles