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Niagara, Halton, ​and Peel in Ontario, Canada. 

Marzo, 2016.- Mi hija y yo fuimos a una tienda que vende todo, o casi todo, a un dólar. Yo andaba buscando una caja de pañuelos desechables. Ella, alguna manualidad. Cuando habíamos encontrado todo lo que necesitábamos, nos dirigimos a la caja a pagar; mi hija estaba en la fila antes que yo con su billete de 5 dólares en la mano, el cual había guardado por largo tiempo esperando el momento adecuado de usarlo.

La cajera terminó de atender a otra clienta y mi hija se aproximó a ella. Entonces la cajera le miró y le dijo: “Qué niña más tierna (lo que conocemos como el típico “you are so cute”)… Te voy a dar el 50% de descuento”. Pude ver cómo la cara de mi hija se iluminaba con tamaña noticia. Pude entender que sintió que los 4 dólares que iba a gastar se transformarían en dos. Luego, me distraje mientras ella pagaba, para después ir a pagar yo. Cuando terminamos la compra, de pronto noté a mi hija alterada. Parecía molesta sin razón. Unos pasos fuera de la tienda le pregunté qué pasaba que la notaba tan mal. Me dijo que la cajera no le había dado el 50% de descuento que le había dicho. Pensé que había sido una equivocación y me devolví a preguntar qué había ocurrido, mientras mi hija esperaba afuera, a lo que la cajera respondió: “Fue sólo un chiste” y siguió atendiendo a otras personas. Salí de la tienda con un peso en el corazón. “Fue un chiste, un muy mal chiste”, le dije a mi hija. Ella rompió en llanto.

Esta situación me recordó el sin número de veces en las que “chistes” de este tipo hirieron mis sentimientos en la infancia (y muchas veces aun en la adultez). En cómo algunos adultos no toman a los pequeños en serio y se burlan, sin querer, de su inocencia y de su maravillosa habilidad de creer sin que nadie haga algo para remediarlo o, al menos, para aclararle al adulto que un niño es un ser humano digno de respeto, como cualquier otro. Porque uno no se imagina a esta misma cajera diciéndole a un adulto: “Te voy a dar el 50% de descuento” para luego no dárselo.

En fin, el peso con el que salí de la tienda aumentó mientras conducía, conjuntamente con la pena de mi hija. Entonces me pregunté: “¿Es así como quiero que termine esta historia?”. Mi respuesta fue no, así que tomé la mano de mi hija y le dije: “tal vez no consiga el 50% de descuento, pero trataré de que esto no vuelva a ocurrir”. Di vuelta el volante y nos fuimos de nuevo a la tienda. Al verme, la cajera entró en cólera de inmediato: “¿qué quieres ahora?”, me increpó. “El 50% de descuento que le ofreciste a mi hija”, respondí. “¡Ya te dije que fue un chiste!”, me gritó. “Estoy segura de que no fue tu intensión, pero de un chiste todos reímos. Esto fue más bien una burla que hirió a mi hija”. Allí fue que la cajera desesperada, sin saber qué hacer, sacó un juguete quebrado de la basura y se lo ofreció a mi hija, diciendo: “Este es tu 50% de descuento”. Mi hija, en su inocencia, me dijo: “Está bonito este juguete”. Lamenté profundamente esta acción y pude sentir la ira de una persona que seguramente también fue herida con “chistes” en su propia infancia y que ahora estaba siendo gatillada con la situación.

Tomé la mano de mi hija y fui a hablar con la asistente de gerencia, a quien vi pasar. Le expliqué lo ocurrido, por lo que ella se disculpó sinceramente con mi hija, a la vez que le dijo: “Trataré de que no lo vuelva a hacer”.

Al dejar la tienda, mi hija me abrazó y me dijo con voz alegre: “Gracias mamá”. No había conseguido el 50% de descuento, pero ella había recuperado su dignidad y la confianza que pareció perder momentos antes y de paso, yo había recuperado también parte de mi propia paz al ofrecerle a ella la oportunidad de sentirse respaldada, como tantas veces yo soñé haberme sentido.



Jessica Carrasco

 

“Fue sólo un chiste”