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“Dios me ha dado… para dar”

Octubre, 2015.- En medio del desierto emocional en que han quedado los colombianos expulsados de Venezuela, hay un grupo menor que aunque porta la cédula de color blanco que identifica a los nacidos en este último país,  también ha sufrido el rigor de la política gubernamental de su país, todo por haber estado en el lugar equivocado cuando la ignominia se levantó por encima de la hermandad de los países vecinos. 

Con cédula blanca en mano, este grupo de venezolanos quedaron atrapados en la frontera.  El mismo sol que calienta la tierra colombiana y venezolana, les abrazaba pero en medio de unas condiciones que para ellos eran más desfavorables, porque no podían seguir hacia el interior de la tierra del café ni regresar a su país, La guardia venezolana no se los permitía, “porque la frontera sigue cerrada”, así les decían.

Así, mientras se desarrollaba una retórica de política discriminatoria hacia los colombianos, en la frontera la única política que reinaba para colombianos y venezolanos atrapados, era la del sol, el hambre, el cansancio y la desolación con el sazón de la incertidumbre además… ¿Cuándo abrirán la frontera?... Aún no la han abierto…

Pero como donde abunda la desgracia, sobreabunda la gracia, un alma  de nuestros pueblos indígenas -que un día fueron uno solo, sin fronteras,- apareció para vencer la infamia disfrazada de política.

Francisca Sierra Pan, una indígena Wayúu, no vio la noticia de la expulsión de colombianos por televisión, ella escuchó saltar la tierra cuando ingresaron miles de personas en una carrera despavorida y de inmediato saltó de su mecedora en un rancho de Uribia en la alta Guajira y se desplazó por dos horas hasta Paraguachón al sur del departamento. ¿Y qué encontró allí?

Encontró que la aridez del desierto de la Guajira se desplazó hacia cinco puntos de la frontera colombo-venezolana anidándose en los corazones de los colombianos y venezolanos que se encontraron en esos puntos de cierre de frontera. Todo se convirtió así en muchos corazones áridos.

Pero esos corazones se tropezaron con el corazón de caudales de amor de la indígena Francisca, quien observó cómo los colombianos expulsados encontraban abrigo a través de las entidades de este país.  Pero, ¿quién podía responder por los venezolanos, cuando ni siquiera en su propio territorio se les permitía entrar?

De inmediato Francisca recordó las palabras del padre Leo, “Dios me ha dado… para dar”, y enseguida las hizo suyas, y esa fue la frase que cambió el destino de cientos de venezolanos atrapados en la frontera. Una indígena colombiana decidió saciar el hambre diaria de estos extranjeros hermanos.

“La primera vez que les llevé alimentos lloraban de la emoción, yo les dije que no me agradecieran a mí, sino al padre León”, señala ella con una gran sonrisa que habla de la amplitud de su corazón.

Y al preguntarle cuántos almuerzos y refrigerios reparte diariamente, ella misma dice que nunca los cuenta, porque lo único que tiene claro es que siempre alcanzan y nadie queda con hambre, lo cual sólo explica sabiendo que “Dios me da… para dar”

Con una gran olla al hombro y pequeños ayudantes que ha encontrado en el camino, regresa a su rancho de Uribia, donde sabe que mañana su proveedor natural, le dará más recursos para venir a traer los mejores alimentos que encuentre, porque ella solo sabe dar lo mejor.

Así queda comprobado una vez más que la aridez de la política, queda minúscula frente a la calidez de un ser humano que nos recuerda que quien a brazos abiertos da, ha encontrado la razón de ser de la existencia en esta tierra, para lo cual no hay fronteras. La frontera puede seguir cerrada, pero los corazones no.




Helen García